Marina Rustán, la primera mujer en llegar a la presidencia de los Scouts en Argentina

Con pocos años, su papá la subió a un auto junto a sus hermanos con un objetivo: recorrer diferentes grupos de scouts de Córdoba, para que luego eligieran a cuál de ellos querrían asistir. Ese momento le cambió la vida y la forma de comprenderla. “El movimiento me enseñó que aquellas cosas que no me gustan, o que creo que se pueden cambiar, requieren involucramiento”, reconoce Marina Rustán, la abogada cordobesa que se convirtió en la primera mujer en dirigir Scouts Argentina, una institución centenaria que supo adaptarse a los tiempos que corren, y así interpelar a muchas jóvenes.

– ¿Cuándo te uniste a Scouts?

-A partir de los ocho años. Me llevo mi papá, porque él también había sido del movimiento. Fuimos a varios grupos hasta que finalmente nos gustó uno. Quedaba en la otra punta de la ciudad, así que debíamos atravesarla para poder ir. Yo me quedé ahí e hice toda mi etapa scout siendo protagonista del programa educativo. Lo hice hasta los 21 años, porque después de esa edad te podés convertir en voluntario para acompañar a otros chicos. Creo que el movimiento me enseñó que aquellas cosas que no me gustan o que considero que hay que cambiarlas, requieren involucramiento.

-Estás en una organización centenaria que supo adaptarse a los cambios…

-Es un desafío permanente. Además, cada generación de chicos y jóvenes es distinta. Yo siempre les digo a los voluntarios educadores que sobrevivimos 100 años por la capacidad de adaptación que tiene la propuesta educativa. Se trata de una educación personalizada en la que los chicos son protagonistas de su propio crecimiento: creo que la capacidad de evolucionar de nuestra propuesta es fundamental.

– ¿Cómo llegaste a la presidencia?

-Cuando tuve 18 años, empecé a involucrarme. No era común que, a esa edad, alguien analizara los rubros del presupuesto, yo era un bicho raro. Entonces, fui adoptando distintos roles. En 2010, fui directora de Juventud y logramos un proceso que fue muy importante: modificar nuestros estatutos internos para que los jóvenes pudieran tener derecho a voz y voto en los organismos decisorios. Antes, eso no pasaba. Lo logramos con mucho debate y consenso.

Luego, me postulé para integrar el Consejo Directivo, velando por lograr una organización más moderna y posicionada en la que se valore el rol de los adultos voluntarios –que están las 24 horas pensando en los niños que tienen a su cargo– y que sea un poquito más federal, con la idea de que los hermanos scouts de todas las provincias se sientan parte.

¿Fue fácil?

-Encontramos consensos y empezamos a recorrer. Son 900 grupos en todo el país, así que, cuando iba, también relevaba necesidades e intereses. Terminamos conformando un grupo de personas y, en 2017, nos postulamos con mucha expectativa de perder (risas). Finalmente, fui electa, supongo que porque logramos los consensos suficientes. Fui elegida por la Asamblea, que cuenta con 500 delegados de todo el país. Por entonces, en el Consejo éramos tres mujeres, ahora somos el 50 por ciento de los miembros.

– ¿Eso se dio naturalmente?

-No, porque nosotros proponemos determinados perfiles de candidatos para lograr equidad de género e intergeneracional. Hoy, tenemos un promedio de edad en el Consejo Directivo de 35 años. A mí me toca ser la primera presidenta luego de 109 años.

-Es un hito y también un mérito, muy importante…

-Me doy cuenta cuando visito a los grupos y aparecen chicas scouts de 17 o 18 años que me dicen: “Marina, a mí también me gustaría ser presidente”. Cuando tenía esa edad, jamás me imaginé la idea de ser presidenta del movimiento. Era algo reservado para hombres, casi un mito. El hecho de que las chicas lo puedan soñar y pensar justifica todo para mí. Vale la pena.

¿Se pueden apreciar los resultados de incluir la perspectiva de género en el movimiento?

-En términos de equidad de género, todavía nos falta bastante, porque uno nunca se conforma. Pero nos permite pensar ciertas cosas. Por ejemplo, tenemos un evento que se hace cada cuatro años y es para los chicos de entre 18 y 21 años. En octubre de 2019, juntamos a 3000 de ellos y fue la primera vez que pusimos una guardería para que los chicos con hijos pudieran asistir igual. Pudieron hacer las actividades y nosotros cuidamos a sus hijos.

Generamos una dinámica muy piola, son pequeños gestos que tensionan dinámicas internas. Un expresidente me suele decir que es como un resorte: algo que se estira pero que, cuando vuelve, no queda como estaba antes.

– ¿Cómo lográs cumplir con tu profesión y la presidencia?

-Tiene sus ventajas y desventajas. El hecho de ser independiente me deja tiempo para el voluntariado. El problema es cuando uno le dedica tiempo excesivo. También tengo el apoyo de Diego, mi marido, que es scout. Más de una vez, en casa, Diego está cocinando y yo resolviendo algo. Ahora estoy encontrando un equilibrio. Recién ahora, y eso que este es mi cuarto año.

– ¿Alguna vez dejaste de ser scout?

-Nunca. Pero hay momentos de crisis. Por ejemplo, en la época de las fiestas de 15. Hay que elegir… Recuerdo que, cuando era más chica, hacía gimnasia artística y los torneos coincidían con los scouts; en esa oportunidad, mis papás me dieron la posibilidad de elegir. A mí me gusta, creo que es mi forma de militar un mundo mejor. No se si producirá muchos efectos. Nosotros contribuimos a educar a quienes van a transformar el mundo.

-En pandemia, el voluntariado fue noticia. Por la necesidad y el interés que despertó. ¿Cómo se vive en tu organización?

-El voluntariado de scouts requiere mucho tiempo y compromiso. En realidad, todos nuestros voluntarios –la mayoría– han sido scouts desde pequeños. Y, muchas veces, se suman los padres de los niños. Los educadores son quienes están con los chicos todos los sábados y días de la semana. Ellos son quienes proponen algún tipo actividad que genere la incorporación de hábitos y de valores, sobre todo teniendo en cuenta la individualidad de cada uno.

-Para esas tareas, ¿tienen algún tipo de preparación?

-A los voluntarios los capacitamos y habilitamos para que puedan estar frente a los chicos, luego de un cuidadoso proceso que hace cada grupo scout. Hay que ser cautelosos porque trabajamos con niños. Ahora estamos trabajando mucho el tema de la protección de los derechos y del empoderamiento de los niños.

– ¿Cómo atravesaron la pandemia?

-Por supuesto, fue dura. Justo cuando se anunció el confinamiento, estábamos entregando un reconocimiento a mujeres scouts de todo el país, porque siempre los reconocimientos institucionales eran para otros. Nos tocó suspender la actividad presencial en todo el país, lo cual generó mucha angustia en los voluntarios, pero principalmente en los niños y niñas.

¿Implementaron alguna actividad virtual?

-Nuestro sistema de capacitación es presencial, pero en dos minutos pasó a la virtualidad. A través de algún tipo de virtualidad, siguieron acompañando a las familias para habilitar el espacio del encuentro, de la alegría, de jugar…

En algunos lugares del país, no hay conectividad, así que hicieron juegos y actividades y pasaron casa por casa para, desde la vereda, poder interactuar con los chicos.

-O sea que pudieron capitalizar la crisis.

-Durante la pandemia, descubrimos que debemos tener un rol social más activo. La educación que brindamos en valores está muy bien, y lo hemos hecho durante 100 años, pero hoy necesitamos que esa educación sea en clave comunitaria. El desafío ahora es salir un poco más y tener mayor compromiso social, porque eso también es educación.

– ¿Cómo vivieron esta etapa los scouts?

-Esto generó que muchos jóvenes comenzaran a llamarme. “Marina, además de dar de comer, tenemos que hacer algo con la gente en situación de calle. ¿Podemos hacer una campaña de abrigo?”. Primero les pregunté si podían asumir esa responsabilidad, y así fue que hicimos el programa Abrigados. Luego, otras me plantearon que había que colaborar con la salud menstrual de las mujeres en situación de calle, así que les consulté si se animaban a coordinarlo y comenzamos a trabajar. Otro scout me advirtió que los bancos de sangre habían reducido sus reservas. “¿Te animás a organizarlo?”, le pregunté. Y, así, nació la campaña de donantes.

Otro grupo de chicas me sugirieron trabajar en el enfoque de la salud mental, así que hicimos el programa Sanamente, con el objetivo de generar estrategias para los educadores sobre cómo trabajar la salud mental, que ahora lo estamos profundizando más porque estamos viendo algunas consecuencias.

-Trabajan con niños y jóvenes, ustedes tienen una radiografía actual de ese tema.

-De hecho, también creamos un Observatorio Social de Infancias y Juventudes, con la Fundación Scout, y nos aliamos con la Cruz Roja, en dos o tres temáticas que tenemos en común. Hicimos un relevamiento de la situación de los niños y adolescentes, y ya publicamos el primer informe. Tenemos un 80 por ciento de adolescentes angustiados. Y la angustia hay que tratarla y entenderla.

Estoy orgullosa de nuestros voluntarios porque tienen compromiso y amor por la tarea. Se pusieron la camiseta para poder estar con las familias y los chicos. Por supuesto que nuestra institución también sufrió las consecuencias económicas de la pandemia: estábamos complicados económicamente, pero, a la vez, saliendo a la calle, haciendo ordenadamente lo que teníamos que hacer.

– ¿Cómo vivís este presente?

-Cuando me dicen que la juventud está perdida, yo no lo creo. Veo una juventud que quizá no está motivada. Tampoco considero esa frase que plantea que los chicos son los ciudadanos del futuro, son los del hoy. No hay que postergarles su vocación de servir para más adelante. Estos discursos están en Argentina, pero quizá lo que falta, en todo caso, es poder generar espacios de contención y empoderamiento, donde los chicos se sientan libres y puedan decirnos “Yo sueño esto”.

Fuente: Infobae / Patricia Fernández Mainardi